¿Qué pasó con aquella gran industria de la moda mexicana?
los protagonistas no son las máquinas ni las prendas, sino las personas que hacen posible nuestra industria
Rubén Díaz
Director General
3 de noviembre, 2026
4 min de lectura
De los grandes fabricantes nacionales de los años ochenta a la competencia global de nuestros días. Una reflexión sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que todavía podemos construir.
LO HECHO EN MÉXICO | Por Rubén Díaz
Recuerdo con cierta nostalgia, pero también con enorme admiración, aquellos años ochenta cuando la industria mexicana de la moda vivía una época de grandes oportunidades.
Entre 1985 y 1989 tuve el privilegio de trabajar en el departamento de compras de la cadena departamental Fábricas de Francia. Fueron años extraordinarios que me permitieron conocer empresarios visionarios, fabricantes de gran capacidad y diseñadores verdaderamente creativos.
Asistíamos a la Semana de la Moda en México y al Salón Boutique. Visitábamos importantes empresas de confección, conocíamos sus instalaciones, sus procesos productivos y sus colecciones. Había talento, organización, capacidad industrial y, sobre todo, empresarios convencidos de lo que estaban construyendo.
Las Fábricas de Francia compraba mercancía nacional y la vendía con enorme éxito. Nuestros proveedores eran mexicanos y sus productos ocupaban orgullosamente los espacios comerciales de nuestras tiendas.
La moda mexicana no necesitaba pedir permiso para ocupar los aparadores. Eran prácticamente suyos.
Cuando el mundo llegó a nuestros aparadores
Pero las cosas cambiaron.
El 24 de julio de 1986, con la llegada del GATT, México comenzó a abrir sus fronteras comerciales y, con el paso de los años, llegaron nuevas marcas, nuevos productos y nuevas formas de competir.
El consumidor mexicano, que durante décadas había encontrado principalmente productos nacionales, descubrió un universo de posibilidades y eso no era necesariamente malo. La competencia obliga a mejorar, a innovar y a evolucionar.
Sin embargo, aquella industria que había crecido bajo la protección de un mercado cerrado tuvo que enfrentarse a competidores internacionales que operaban con diferentes escalas de producción, tecnologías, estrategias comerciales y estructuras de costos.
Algunas empresas mexicanas comprendieron el cambio y lograron adaptarse. Otras no tuvieron la misma suerte.
Y hoy, cuatro décadas después, surge una pregunta inevitable:
¿Por qué, teniendo más tecnología, mejores comunicaciones, diseñadores preparados y acceso a mercados internacionales, nuestra industria no ha logrado desarrollar todo el potencial que imaginábamos?
No se trata de regresar al pasado
Sería un error pensar que la solución consiste en volver a cerrar nuestras fronteras.
El mundo cambió y México forma parte de él.
Hoy tenemos empresas textiles y de confección que siguen invirtiendo, innovando, generando empleos y compitiendo exitosamente. Tenemos diseñadores capaces de crear propuestas de gran calidad y empresarios que han demostrado una extraordinaria capacidad de resistencia.
Pero también tenemos un consumidor que encuentra cientos de opciones para vestir y que muchas veces desconoce quién fabrica las prendas que lleva puestas.
Aquí encuentro uno de nuestros grandes desafíos.
Durante años, nuestra industria se concentró en fabricar y vender. Hoy necesitamos, además, comunicar, conectar y construir una relación emocional y comercial con el consumidor.
Porque detrás de una prenda hecha en México existe una cadena de valor integrada por trabajadores, diseñadores, técnicos, proveedores, empresarios y familias que dependen de esta actividad.
Y esa historia merece ser conocida.
El consumidor mexicano tiene la última palabra
No podemos exigirle a nadie que compre un producto solamente porque fue fabricado en México. Tenemos que conquistar su preferencia con diseño, calidad, innovación, servicio y precios competitivos.
Pero también debemos aprender a contar nuestras historias.
Que el consumidor conozca nuestras marcas, que identifique a nuestros fabricantes, que descubra la calidad de nuestros textiles y que comprenda el valor económico y social de elegir productos nacionales.
Seguramente durante los años ochenta comprábamos mexicano porque nuestras opciones eran limitadas. Hoy podemos comprar productos de prácticamente cualquier parte del mundo y precisamente por eso, el desafío es mucho más interesante.
Antes, lo hecho en México tenía asegurado un lugar en nuestros aparadores. Hoy tenemos que ganarnos un lugar en la mente y en el corazón del consumidor.
Porque el verdadero éxito de nuestra industria no será conseguir que los mexicanos compren productos nacionales por obligación. Será lograr que, teniendo al mundo entero para elegir, encuentren en lo hecho en México una de sus mejores opciones.